El camino (1)
Aquellos que leisteis la primera publicación afirmaba que en este blog trataría de publicar poemas y algún texto. Hasta ahora visteis decenas de poemas pero ningún texto de tipo literario. Hoy vos presento esta pequeña historia ficticia, que trataré de ir completando con el paso de los días. Aún no se cuantos capítulos haré, este es el primero de ellos y espero que vos guste.
(Perdonad si no me expreso bien, hace tiempo que no escribo este tipo de textos).

EL CAMINO
-Tiempos de infancia-
No volví a ver a mis padres desde que fueron cazados por la policía con un cargamento de droga en el coche y fueron encarcelados por 16 años. Yo de aquella tenía 4 años y pocos recuerdos guardo de ellos, solo que me parecían buena gente y me querían con locura.
Mi abuelo siempre los defendió a pesar de que la gente del lugar hablaba mal de ellos, rara era la vez que no me decía: -Nunca hagas caso a las voces que critiquen a tus padres, ellos si hicieron lo que hicieron fue para protejete, los que no lo entiendan es que no tienen ni idea-. Eran ciertas sus palabras desde luego, ellos dejaran el tráfico de drogas antes de que yo naciese y se prometieran no volver a hacerlo para que no tuviese ninguna clase de problema. Fue triste que, tras unos años, un sinvergüenza les pidiese traer un cargamento amenazándolos con que, si no lo hacían, me harían desaparecer. Ese día me besaron la frente y me dijeron que no me dejarían vivir en ese lugar, que buscarían un lugar donde vivir con seguridad. Aún me acuerdo de esas palabras porque durante mucho tiempo fueron las últimas con el revuelo que se montaría a partir del control de carretera en el que descubrieron la basura de ese hombre que, por suerte, también sería encarcelado.
Yo me quedé a vivir con mi abuelo, en un pueblo de las altas montañas gallegas bastante alejadas de la inseguridad del barrio donde vivía. Allí toda la gente tenía mal hablar de mis padres pero, en cambio, siempre eran muy amables conmigo y con mi abuelo, y muy amigos entre ellos haciendo así una enorme familia. Aprendí allí a hacer las labores del campo, a cuidar el ganado y a hacer diversas actividades agrícolas que, progresivamente, las fuí compaginando con los estudios.
Mi abuelo siempre me motivaba, era el único familiar verdadero que me quedaba, puesto que mi abuela muriera hacía años y mis otros dos abuelos no sabía nada de ellos. Él era sencillo, agradable, inteligente y tenía una curiosa tranquilidad. También era muy sensible y me enseñó a disfrutar de los pequeños detalles que nos ofrece la vida. Como él decía "no te puedo enseñar a leer y escribir, puesto que no sé, pero te puedo enseñar algo más importante, a que ames tu vida y seas feliz en ella".
Una de las veces, cuando yo ya tenía 7 años, en un frío invierno, me preguntó: -¿Sabías que el mundo también tiene vida?-
Me quedé pensativo y negué con la cabeza y él me prometió demostrármelo cosa que haría unos pocos días después.
Aquel día la nieve no estaba presente, el día se presentaba despejado y salimos al amanecer. Mi abuelo, al salr de la puerta, me señaló la montaña que íbamos a escalar.-¿Serás capaz de subirla no?- pregunto y respondí afirmando.
Poco a poco el sol ascendía al ritmo que la cima se acercaba, en uno de esos momentos mi abuelo se paró bastante deteriorado por la subida. Le pregunté si estaba bien y viendo su silenciosa afirmación continuamos. Poco después llegamos a la cima y pudimos observar un basto territorio de arboleda. Allí, cansado, mi abuelo dijo:
-Hijo, pon tu oído. Sabes que la respiración es fundamental para la vida y si escuchas con atención te darás cuenta de que el mundo también la tiene-
Intente llegar con el oído al más remoto sonido en medio de la inmensidad del silencio que rodeaba el lugar pero no escuchaba nada y giré la cabeza hacia mi abuelo con un gesto de no haber escuchado nada, el me insistió y de repente, bajo el silencio, escuche el ruído del viento recorrer los lejanos árboles. Desde luego era la respiración. Giré con alegría nuevamente la cabeza y vi a mi abuelo con la cabeza agachada. Le pregunte nuevamente si estaba bien y él no respondió y me preguntó con la voz deteriorada:
-¿Ahora serás capaz de escuchar sus latidos?-
Puse el oído nuevamente a prestar la atención al más mínimo detalle sonoro. Pasaban los minutos pero no me rendía hasta que en un momento se pudó oír uno y de repente otro. No escuché más pero era suficiente. Con júbilo busqué a mi abuelo y lo encuentro agarrándose el pecho, agachado y con pálida cara. -Adios hijo- dijo y se derrumbó. Fui llorando a junto de él, no le latía el corazón ni respiraba. Empecé a bajar corriendo desesperado la montaña, tropezaba, caía y no lo sentía. Me encontré a un hombre en la mitad del camino y hizo el resto de la bajada para llamar al médico, yo mientras me dirigí a mi abuelo que, desgraciadamente, por más que lo intentaba no respondía.
En ese momento los días se convirtieron en negros. Me acojieron primero los vecinos y subía el monte día a día en los ratos que tenía libres para escuchar aquellos latidos que nunca escuchaba. Mi vida se había apagado, no paraba de llorar y no veia más salida que trabajar para olvidar. Al cabo de un año me enviaron a un centro de acojida ante el malestar de los vecinos y mis llantos. Se me hizo complicado volver a subir el monte pero, aprovechando los permisos para ir a los aniversarios de su muerte, lo subía, hasta que sobre los 13 años, deje de ir. El motivo de que dejase de subir al monte fue que un día, en la fría "cárcel" en la que tenía que vivir, me dí cuenta de la realidad: Eses dos últimos latidos que escuchara eran de mi querido abuelo, que al fin y al cabo tenía razón, el mundo respiraba y latía... mi mundo, que estaba encarnado en su figura hasta que esta dejó de vivir.
Borjaa








Alexander Vórtice dijo
Borjaa,
La vida es extraña, pero lo extraño es, en ocasiones, algo fabuloso. Te deseo lo mejor sobre todo en estas fechas de (supuestamente) paz, amor y bien.
Un abrazo.
A.Vórtice
24 Diciembre 2009 | 10:24 PM